Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, y se reunió alrededor de él una gran multitud, por lo que él se quedó en la orilla. 22 Llegó entonces uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se arrojó a sus pies, 23 suplicándole con insistencia:
―Mi hijita se está muriendo. Ven y pon tus manos sobre ella para que sane y viva.
24 Jesús se fue con él, y lo seguía una gran multitud, que lo apretujaba. 25 Había entre la gente una mujer que hacía doce años que padecía de hemorragias. 26 Había sufrido mucho a manos de varios médicos, y se había gastado todo lo que tenía sin que le hubiera servido de nada, pues, en vez de mejorar, iba de mal en peor. 27 Cuando oyó hablar de Jesús, se le acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. 28 Pensaba: «Si logro tocar siquiera su ropa, quedaré sana». 29 Al instante cesó su hemorragia, y se dio cuenta de que su cuerpo había quedado libre de esa aflicción.
30 Al momento también Jesús se dio cuenta de que de él había salido poder, así que se volvió hacia la gente y preguntó:
―¿Quién me ha tocado la ropa?
31 ―Ves que te apretuja la gente —le contestaron sus discípulos—, y aun así preguntas: “¿Quién me ha tocado?”
32 Pero Jesús seguía mirando a su alrededor para ver quién lo había hecho. 33 La mujer, sabiendo lo que le había sucedido, se acercó temblando de miedo y, arrojándose a sus pies, le confesó toda la verdad.
34 ―¡Hija, tu fe te ha sanado! —le dijo Jesús—. Vete en paz y queda sana de tu aflicción.
35 Todavía estaba hablando Jesús cuando llegaron unos hombres de la casa de Jairo, jefe de la sinagoga, para decirle:
―Tu hija ha muerto. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?
36 Sin hacer caso de la noticia, Jesús le dijo al jefe de la sinagoga:
―No tengas miedo; cree nada más.
37 No dejó que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Jacobo y Juan, el hermano de Jacobo. 38 Cuando llegaron a la casa del jefe de la sinagoga, Jesús notó el alboroto, y que la gente lloraba y daba grandes alaridos. 39 Entró y les dijo:
―¿Por qué tanto alboroto y llanto? La niña no está muerta, sino dormida.
40 Entonces empezaron a burlarse de él, pero él los sacó a todos, tomó consigo al padre y a la madre de la niña y a los discípulos que estaban con él, y entró adonde estaba la niña. 41 La tomó de la mano y le dijo:
―Talita cum (que significa: Niña, a ti te digo, ¡levántate!).
42 La niña, que tenía doce años, se levantó en seguida y comenzó a andar. Ante este hecho, todos se llenaron de asombro. 43 Él dio órdenes estrictas de que nadie se enterara de lo ocurrido, y les mandó que dieran de comer a la niña.
La narrativa cristiana, especialmente en los Evangelios, presenta historias que trascienden el tiempo y el contexto cultural. Entre ellas, se destacan las figuras de la hija de Jairo y la mujer que tocó el manto de Jesús, dos relatos que, aunque distintos, comparten un hilo conductor: el encuentro con Cristo como fuente de sanación y redención. Este análisis busca explorar las similitudes y diferencias entre ambas mujeres, especialmente bajo la perspectiva de su condición de "impureza" según la ley mosaica, y cómo su salvación se encuentra en la reveladora figura de Jesús.
La primera historia comienza con un principal de la sinagoga, llamado Jairo, pidiendo ayuda a Jesús por su única hija de 12 años agonizando en su casa. La segunda historia se entrelaza cuando una mujer desconocida y enferma desde hacia 12 años toca el manto de Jesús, y es sanada de su enfermedad al instante.
Estas narrativas no solo presentan aspectos paralelos en términos de fe y curación, sino que también permiten una reflexión sobre las dinámicas de los pueblos judíos y gentiles en la época de Jesús. Aunque las dos mujeres viven en un contexto judío donde la ley mosaica establece normas estrictas sobre la pureza ritual, en un estatus temporal de "impureza" (como por contacto con un muerto o enfermedad).
Ambas historias presentan un elemento fundamental: la búsqueda de la sanación a través de la fe en Jesús. Jairo, un líder de la sinagoga, representa a la comunidad judía, mientras que la mujer con flujo de sangre, considerada impura, por las leyes leviticas de su tiempo, simboliza a los gentiles o aquellos excluídos por la sociedad. Este constraste es significativo ya que mientras Jairo se acerca a Jesús con su estatus elevado y una fe pública, intercediendo por un pariente; la mujer lo hace en secreto, conciente de su condición de marginada.
En el relato, Jairo, en su desesperación ante la enfermedad de su única hija, refleja la fragilidad de los sistemas humanos frente al sufrimiento. Por otro lado, la mujer que toca el manto de Jesús, actúa desde una posición de desesperación también, pero lo hace rompiendo las normas sociales y religiosa de la época, lo cual enfatiza su anhelo de sanación a pesar de las restricciones que enfrenta como mujer y como alguien considerada impura.
El paralelismo más profundo entre ambas narrativas es, sin duda, la fe. Jairo confía en la capacidad de Jesús para sanar a su hija, a pesar de la opinión de sus compañeros sacerdotes y las circunstancia adversas que pueda enfrentar (la muerte de su hija). La mujer , por su parte, demuestra una fe audaz al intentar tocar el borde de las vestiduras de Jesús con la esperanza de ser curada. Ambos personajes comparten un deseo en común: la restauración de la vida. Este impulso hacia la búsqueda de lo sagrado refleja una necesidad universal que trasciende las fronteras políticas, sociales y culturales, mostrando cómo tantos judíos como gentiles buscan un encuentro con lo divino en momentos de crisis.
En ambas narrativas Jesús, siendo puro y santo; se acerca y sana a las dos mujeres (pueblos) de su impureza. La segunda mujer simboliza al pueblo gentil que se acerca a él primero, y cae arrepentida de sus pies por su falta. "A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios." (Juan 1:11-12) La primera es visitada después, es la hija de Jairo que aún vivía, y que Jesús iba en su auxilio, pero muere antes, por lo cual, para Jesús representaba bajo la ley mosaica que se contaminaría voluntariamente al acercarse a ella, a lo cual le dicen a Jairo que deje ir al Maestro pues su hija ya había muerto. "Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro?" (Marcos 5:35) Jesús nunca soltó la mano de su pueblo y fue a su rescate para salvarlo, por amor a su promesa hecha antes. (Génesis 17:19-21/Gálatas 4:21-31) El resultado es que fue salva de la misma manera que la primera mujer que se le acercó antes, sin ser ella su objetivo primario. Las dos mujeres en la historia representan dos alianzas, que fueron salvas por la sangre de Cristo. Una llegó a él de manera voluntaria debido a su necesidad de sanación; la otra se salvo por medio de la intersección de su padre, que abogó por su pariente consanguineo (su hija/iglesia). De igual manera, que Abraham y Moisés abogaron por sus parientes en necesidad. Solo se le pidió una cosa: No temas, cree solamente. (Marcos 5:36) "Jairo ya se había postrado a sus pies y le rogaba mucho diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva y vivirá." (Marcos 5:23). Jairo se presenta ante Jesús en un acto de súplica. Su desesperación es palpable, y su fe se manifiesta en su disposición al postrarse ante el Maestro. Este gesto indica no solo un reconocimiento de la autoridad de Jesús, sino también una entrega total en un momento de crisis. Jairo ejemplifica cómo la fe puede surgir en los momentos más desesperantes y críticos. "Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas." (Josué 1:9) Este pasaje invita a los creyentes a reflexionar sobre su propia fe y la manera en que se manifiesta en sus vidas. Y se erige no solo como un relato de sanación, sino como una poderosa declaración teológica sobre la relación entre la fe y la redención a través de Cristo.
El relato de la mujer que toca el manto de Jesús, presente en Lucas 8:40-56, Mateo 9:18-26 y Marcos 5:21-43, representa un acto de fe en acción. A pesar de las restricciones que le imposibilitan acercarse a otros, ella se arriesga, convencida de que su contacto con Jesús le otorgará la sanación (salvación.) Por otro lado, el caso de la hija de Jairo es diferente, ya que es el padre quien busca la intervención de Jesús, resaltando la importancia del papel paterno y mediador en el marco social y religioso. Sin embargo, ambos encuentros reflejan la desesperación y la fe que motiva a las mujeres a buscar a Cristo.
Ambas mujeres representan, desde su perspectiva, la impureza que la ley condena. La hemorragia constante de la mujer la hacía no solo físicamente enferma, sino también espiritual y socialmente aislada. Jairo, al buscar ayuda para su hija, también se enfrenta a la posibilidad de que su búsqueda lo lleve a ser visto como un desobediente de la ley.
Sin embargo, el mensaje central de estos relatos es la transformación a través de la fe en Jesús. La mujer es declarada "hija" por Jesús, lo que simboliza su reintegración en la comunidad y una nueva identidad en Él. La hija de Jairo también recibe vida nuevamente, no solo en el sentido físico, sino en un renacer espiritual que la aleja de la muerte.
A través de estas narrativas, se revela el carácter inclusivo de Jesús, quien no solo sana el cuerpo, sino que restaura la dignidad y la identidad social de aquellos considerados impuros. Tanto la hija de Jairo como la mujer con hemorragia encuentran en Cristo no solo la sanación física, sino también la redención espiritual. En un contexto donde la ley establece límites, la gracia de Jesús trasciende esas barreras, ofreciendo un camino hacia la salvación que invita a todos, sin distinción, a acercarse a Él. Así, estas historias se convierten en poderosos testimonios de la fe y la transformación, recordándonos que la verdadera pureza proviene del encuentro con el Salvador.