La cuarta plaga bíblica de Egipto consistió en una invasión de moscas, tábanos o enjambres (llamados Arob), descrita en Éxodo 8:20-32 como un juicio divino que afectó solo a los egipcios, librando a la región de Gosén, donde vivían los hebreos. Esta plaga demostró la incapacidad de las deidades egipcias para proteger a su pueblo. Las moscas simbolizan las fuerzas del mal que perturban la paz espiritual. Esta plaga ilustra cómo el mal puede entrar en nuestro entorno y crear desarmonía.
Las moscas especialmente atraídas por el olor a sangre, muerte, basura y estiércol, son un símbolo perfecto del mal, la tentación, el pecado y la molesta influencia o infestación demoníaca.
Dios envió la plaga de moscas (y otras plagas) a todo Egipto, excluyendo a la tierra de Gosén, principalmente para demostrar Su soberanía, diferenciar a su pueblo (los israelitas) de los egipcios; mostrando así, que Dios protegía a los suyos, y de igual manera, ejercer juicio divino sobre los falsos dioses egipcios. Esto evidenció el poder de Yahveh y protegió a los hijos de Israel de la destrucción. Fue un castigo directo a Egipto y al Faraón por su opresión brutal y esclavitud contra los israelitas, negándose a dejarlos ir.
El propósito narrativo de las plagas era demostrar que el Dios de Israel era más poderoso que los dioses de la religión egipcia.