"Ahora pues, hermanos, si yo voy a vosotros hablando en lenguas, ¿Qué os aprovechará, si no os habare con revelación, o con ciencia, o con profeciía, o con doctrina? Ciertamente las cosas inanimadas que producen sonidos, como la flauta o la cítara, si no dieren distinción de voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con la cítara? Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? Así también vosotros, si por la lengua no diereis palabra bien comprensible, ¿Cómo se entenderá lo que decís? Porque hablaréis al aire. Tantas clases de idiomas hay, seguramente, en el mundo, y ninguno de ellos carece de significado. Pero si yo ignoro el valor de las palabras, seré como extranjero para el que habla, y el que habla será como extranjero para mí. Así también vosotros; pues que anheláis dones espirituales, procurad abundar en ellos para edificación de la iglesia."
(1 Corintios 14:6-12)
En el libro de los Hechos, capítulo 2, se relata un evento extraordinario ocurrido el día de Pentecostés. Los seguidores de Jesús, llenos del Espíritu Santo, comenzaron a hablar en "otras lenguas" y todos los presentes, provenientes de diversas partes del mundo, escuchaban en sus propios idiomas. Este pasaje ha sido interpretado de múltiples maneras a lo largo de la historia, pero es fundamental comprender qué significa realmente el “don de lenguas” según la Biblia.
Contrario a la creencia popular que sugiere que hablar en lenguas implica expresarse en idiomas celestiales o en palabras incomprensibles, el texto sagrado nos enseña algo muy distinto. Cuando se menciona que los apóstoles hablaban en otras lenguas, se refiere a que ellos fueron capacitados para comunicar el mensaje de Dios en los idiomas naturales de las personas que los escuchaban. No se trataba de sonidos extraños ni de palabras místicas sin significado; todo tenía sentido para quienes oían.
En un pequeño pueblo ubicado entre montañas y ríos, vivía un joven llamado Mateo. Desde niño, Mateo sentía una profunda fascinación por las palabras y los idiomas. Le encantaba escuchar a sus vecinos, quienes hablaban diferentes lenguas debido a la mezcla de culturas que se habían asentado allí a lo largo de los años. Sin embargo, había algo que le intrigaba aún más: la historia de la Torre de Babel.
Mateo había escuchado que, en tiempos antiguos, todos los humanos hablaban un solo idioma. Un día, decidieron construir una torre tan alta que llegara hasta el cielo. Pero Dios, al ver su orgullo y desobediencia, confundió sus lenguas para que ya no pudieran entenderse entre ellos. Así, las personas se dispersaron por todo el mundo y surgieron muchos idiomas diferentes.
Lo que Mateo no entendía completamente era cómo este acontecimiento, que parecía un castigo, podía haber llevado a algo positivo. Entonces, un día, mientras caminaba por el mercado del pueblo, escuchó a una anciana contar una historia que cambió su perspectiva.
La anciana, llamada Clara, dijo: “Después de la Torre de Babel, cuando las lenguas se multiplicaron, Dios y los ángeles nunca dejaron que surgieran idiomas misteriosos o incomprensibles para los humanos. Ellos hablaban siempre el idioma materno de cada persona, asegurándose de que su mensaje fuera claro y comprendido por todos”.
Mateo frunció el ceño y preguntó: “¿Entonces, el don de lenguas no es sobre palabras extrañas o mensajes celestiales que nadie entiende?”
Clara sonrió y respondió: “Exactamente. El don de lenguas, tal como lo enseña la Biblia, no es algo que crea confusión, sino que une. Se refiere a la habilidad maravillosa que Dios da para comunicarse en cualquiera de los idiomas existentes en el mundo, los mismos que surgieron desde Babel. Es un don que permite compartir el amor, la verdad y la esperanza sin barreras”.
Mateo quedó pensativo. Comprendió que este don no era un misterio inaccesible, sino una herramienta para tender puentes entre culturas y personas diversas. No se trataba de sonidos incomprensibles, sino de la capacidad de hablar y ser entendido, incluso cuando se trataba de lenguas diferentes.
Al volver a casa, Mateo recordó cómo en la escuela una niña nueva hablaba un idioma distinto al suyo. A veces, la comunicación era difícil, pero con paciencia y el deseo de entenderse, lograban compartir risas y aprender el uno del otro. Sintió gratitud por el don de Lenguas, el cual reflejaba el plan de Dios de unir a la humanidad a través de la diversidad lingüística.
Los diferentes idiomas no son un obstáculo para la comunicación ni una señal de distanciamiento divino, sino una oportunidad para expresar el don que Dios nos ha dado para conectar con todos, respetando y valorando la riqueza cultural y lingüística del mundo. Reconocer y amar esta diversidad nos acerca más al propósito original de Dios: que todos podamos entendernos y amarnos, sin importar cómo hablemos.
Desde aquel día, Mateo decidió dedicarse a aprender idiomas y ayudar a otros a descubrir el hermoso don que hay en cada palabra y cada voz, recordando siempre que la verdadera magia del lenguaje está en abrir corazones y construir unidad.
Dios es comunicador por excelencia y siempre ha elegido revelar Su Palabra en lenguaje humano, accesible y comprensible. En el Antiguo Testamento, los ángeles se aparecían a hombres y mujeres hablándoles en el idioma que ellos entendían, no en códigos secretos o lenguas divinas incomprensibles. Esto muestra un principio claro: el propósito de la comunicación divina es la comprensión y la conexión, No la confusión ni el ocultamiento.
La idea comúnmente extendida de que el don de lenguas implica hablar en un idioma celestial o en palabras desconocidas para los demás carece de un sustento sólido si se examinan detenidamente los relatos bíblicos. Por ejemplo, en el evento del día de Pentecostés (Hechos 2), los apóstoles fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes idiomas reconocibles por los judíos de diversas regiones que se encontraban en Jerusalén. Cada oyente podía entender el mensaje en su idioma materno, lo que evidencia que las "lenguas" eran idiomas humanos reales y comprensibles, no sonidos místicos o palabras incomprensibles.
Esta interpretación cobra mayor sentido al considerar que Dios y los seres angelicales, según las Escrituras, se comunican con las personas en el idioma que ellas pueden entender. La comunicación divina es siempre clara y accesible, ya que su propósito es transmitir revelación, enseñanza y guía de manera efectiva. Si Dios o los ángeles hablaran en lenguas que los humanos no comprendieran, se perdería la esencia misma del mensaje divino y la relación entre lo celestial y lo terrenal. Por tanto, afirmar que existen lenguas "extrañas" o "celestiales" en las que se habla en el ámbito espiritual contradice el propósito de la comunicación divina, que es ser entendida por los receptores/(la humanidad).
Desde una perspectiva educativa y formal, es necesario destacar que el término griego original usado en el Nuevo Testamento para referirse a estas "lenguas" es "glōssais", que significa precisamente "idiomas" o "lenguas humanas". No hay indicios en los textos originales que sugieran que se trate de un lenguaje sobrenatural o secreto más allá de los idiomas existentes en el mundo. Además, la manifestación de este don tenía un fin práctico y evangelizador: permitir que el mensaje de Cristo llegara a personas de diversas culturas sin necesidad de traducción previa, facilitando así la propagación del Evangelio.
El don de lenguas, entonces, tiene una función primordial: unir a la humanidad en la diversidad. En un mundo con miles de idiomas, este don permite que el mensaje de amor, fe y esperanza pueda llegar a cada corazón directamente, en su lengua materna, sin barreras. Es un puente que supera fronteras culturales y lingüísticas, haciendo visible la mano de Dios en la multiplicidad de pueblos y naciones. Incluso, como el lenguaje de señas, que aunque carece de voz, Dios permitió que tuviera una estructura comprensible para el mundo; mediante un alfabeto manual y estructural que le permitiera a las pesonas poder comunicarse y entenderse de manera ordenada y de igual forma no estar excluidas de Su mensaje de Salvación.
Imaginemos a un grupo de personas de diferentes continentes reunidas en un mismo lugar. Por lo general, la comunicación sería difícil debido a la diferencia de idiomas. Sin embargo, cuando el Espíritu Santo desciende sobre ellos, cada uno escucha el mensaje en su propia lengua, como si estuviera hablando con un familiar cercano. Esta maravilla no es mágica en un sentido sobrenatural imposible, sino un don divino que realza la capacidad humana para entender y ser entendidos.
Al comprender así el don de lenguas, dejamos atrás interpretaciones erróneas que promueven confusión o exclusividad espiritual. No se trata de exhibir sonidos extraños ni de experimentar sensaciones místicas, sino de recibir el poder para comunicarse eficazmente, obedeciendo al mandato de difundir el Evangelio a todos los rincones del mundo.
Esta enseñanza también nos invita a valorar la riqueza de las culturas e idiomas humanos como parte del plan divino. Cada lengua es una expresión única de la creatividad de Dios, y el don de lenguas refleja cómo Él mismo se adapta amorosamente para hacerse entender y acercarse a cada persona, sin importar dónde o cuándo viva.
Para finalizar, el don de lenguas es un maravilloso regalo que confirma que Dios respeta y celebra nuestra diversidad. Más que un misterio inaccesible, es una herramienta destinada a derribar muros y construir puentes entre los seres humanos, usando el poder de la palabra en todas las lenguas existentes. Así, la unidad no borra las diferencias, sino que las armoniza bajo el lenguaje común del amor divino. "Pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz." ((1 Corintios 14:33) Así es. "Todos somo uno en Cristo." Este hermoso mensaje nos recuerda que, sin importar nuestras diferencias, todos formamos un solo cuerpo y una misma familia (Gálata 3:26-29)